15 abr. 2010

1.

Quise señalarme como puerto franco ante todos los barcos de bandera dudosa. Puerto de bandera cristalina,

jamás dudosa,

siempre dubitativa.

Llegó un barco arrastrado por la corriente, y lanzó sus dos arpones, anclándose a mi carne, desgarrándome las penas y doliéndome los recuerdos.


Dejó en mi pecho cinco surcos rojizos que jamás podré borrar. No eran sus dedos.


No eran sus dedos.


Eran sílabas.


Y mis dedos trataban de librarse de los garfios, que tiraban de mi desnudez cuando ella al final quiso zarpar y alejarse.


Uno rompió mi cuerpo, y el otro rompió mi alma.


Desangrado ya, no me quedaba más que agua salada en la boca y dos ojos azules

como el mar cuando anda

cercano a la costa.

La mirada borrosa. El cuello partido. Cien mil doscientos sueños,

una camisa con seis botones.

Una maleta vacía

y diez pequeños punzones.


Pero yo mismo nunca podré ser un océano, ni un cielo abierto, ni el reflejo del cielo en el océano, ni la línea del horizonte. Son incontables. Yo soy uno.

Joven y pequeño.


Nunca supe qué decir cuando me preguntaban qué quería ser de mayor. Nunca quise ser mayor. Es más, nunca quise ser, y tampoco quise no ser…

Quiero querer. Y querer querer querer.

Y saber que tú quieres.

Solo quiero eso.

Solo a ti.

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