18 may. 2010

Cóndilos


Apretando la mandíbula, mis cóndilos se marcan en mi rostro.
Apretando el puño, las falanges enblanquecen la carne que las rodea.
Y es entonces cuando quiebra mi cráneo y una emulsión grisácea de recuerdos aflora, como el cielo que amenazaba con caer sobre nosotros en la playa de Vega, aquel día en que la pleamar dibujaba espirales 'patafísicas sobre la arena.
A, no quiero perder todo lo que habíamos ganado, pero en ocasiones siento que doy, doy, doy, y no es recibido con gratitud, sino como una convención casi legal.
Y se pierde la magia, y yo pierdo las ganas. Y entonces aprieto los puños y la mandíbula. Y el riachuelo gris comienza a gotear sobre mis párpados y me ciega.
Pero te quiero mucho.
La ceguera, en el fondo, hace que necesite tocarte para sentirte.

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